
Fue el promotor de la mayor arremetida contra los responsables del genocidio argentino entre 1976 y 1983 y cara visible del enfrentamiento con carapintadas y los últimos resabios de una guerrilla decadente, como también impulsor de las leyes de obediencia debida y punto final.
Fue quien alargó la vida en el poder del por entonces caudillo riojano Carlos Menem a través del publicitado Pacto de Olivos, como formó parte de quienes extendieron su certificado de defunción con la constitución de la efímera y finalmente dolorosa Alianza.
Fue el de las causas ambiciosas que se convirtieron en realidad como el acuerdo por el Beagle y la constitución del embrión del Mercosur, e irrealizables como el traslado de la Capital a Viedma o la creación del Tercer Movimiento Histórico.
Fue el autor de frases altamente redituables como "con la democracia se come, se cura y se educa", como de otras tristemente célebres como aquellas "felices pascuas, la casa está en orden"
Fue quien siempre creyó en la unidad del radicalismo, más allá de los avatares coyunturales y las escisiones propias de las batallas cotidianas, pueden dar fe de ello desde Ricardo López Murphy y Elisa Carrió, pasando por Fernando De la Rúa y Enrique Nosiglia hasta llegar incluso a Julio Cleto Cobos.
Fue respetado por los eternos adversarios del movimiento creado por Juan Domingo Perón allá en la década del 40 en sus versiones ortodoxas, renovadoras, indefinidas o de centroizquierda. Atestiguan ello personajes tales como Antonio Cafiero, José Luis Manzano, Eduardo Duhalde, Carlos Menem o el mismísimo matrimonio Kirchner.
Fue, en síntesis, parte de nuestra historia argentina, de la buena y de la mala, con las contradicciones propias de una tierra que se forjó con el aporte nativo y el que trajeron los que vinieron de los barcos. Fue, Raúl Ricardo Alfonsín.





