A raíz de las visiones antagónicas del fallo del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, surge la reflexión sobre lo difícil que resulta para los actores políticos de nuestro país arribar a posiciones honestas por no decir objetivas sobre los hechos que ocurren en la realidad.
Así, mientras Elisa Carrió manifestó que “la derrota de la Argentina fue enorme y debe quedar como aprendizaje para el futuro”, la presidente Cristina Fernández de Kirchner sostuvo desde Venezuela que "el fallo demuestra que teníamos razón". Un dato de la realidad y dos interpretaciones contrapuestas, lógicamente imbuidas de intereses de poder propios de quienes lo ejercen y quienes pretenden obtenerlo.
Pero este ejemplo no es un caso aislado, sino que es casi una constante en la vida política nacional, hace pocos días ocurrió algo similar ante la modificación de la ley del impuesto al cheque en el Congreso de la Nación.
Mientras el gobierno a través de sus habituales voceros mediáticos como Aníbal Fernández y Florencio Randazzo se cansaron de repetir que lo que se aprobó al respecto lo consideraban nulo porque la votación no respetó lo establecido en la Constitución, algunas voces de la oposición sostenidas por el aporte teórico de algunos especialistas en la materia alegaron que no hubo anomalía en la medida porque sólo se procedió a eliminar un artículo de la ley que establecía para ese tributo un reparto distinto al que se fija para el conjunto de los impuestos.
Para encontrar puntos de encuentros fuertes entre fuerzas del oficialismo y la oposición en nuestro país, tendríamos que remontarnos a los inicios de la recuperación democrática de la década del 80, cuando el radicalismo en el poder con Raúl Alfonsín y la oposición peronista encabezada por la renovación de Antonio Cafiero compartieron tribuna, diagnóstico y estrategia política para enfrentar los levantamientos carapintadas de aquella lejana semana santa del “felices fiestas, la casa está en orden”.
O situarnos en los 90 en la aprobación del núcleo de coincidencias básicas que derivaron en la reforma constitucional de 1994, con aquellas imágenes del líder radical paseando codo a codo por los jardines de Olivos junto a Carlos Sául Menem.
También podríamos recordar las alquimias electorales mixtas como fueron la Alianza o el Frente para la Victoria, que terminaron en fracaso por la disolución de los acuerdos con los cual nacieron, como se pudo observar con la renuncia de Carlos Chacho Alvarez o la votación contraria a los deseos del Poder Ejecutivo por parte de Julio Cobos cuando se trató la famosa resolución 125 que incidía sobre la situación del campo.
En los últimos tiempos, sólo las solitarias cruzadas encaradas por Eduardo Duhalde y Rodolfo Terragno por elaborar una agenda de políticas de estado consensuada por la totalidad de la dirigencia política, más allá de la ubicación ideológica o partidaria. Si bien estas iniciativas responden a reposicionamientos de sus protagonistas, no dejan e constituir una tarea necesaria y pasible de imitar por otros tantos.
Por eso, aquellas estrofas de un viejo éxito de Alejandro Lerner parecen reflejar las dificultades y limitaciones que aún le toca atravesar a esta democracia que se encamina lentamente a su tercera década de existencia.
El Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, anunció el proyecto de creación del Parque Central Norte en la zona de la Recoleta, comparándolo con el Central Park de Nueva York, en una perímetro que comprende alrededor de 33 hectáreas y una inversión de 80 millones de pesos.
Un año antes, en declaraciones públicas ante la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, confesó su sueño de transformar la Reserva Ecológica de la Costanera Sur también en un lugar de esparcimiento similar al newyorkino.
De la lectura inicial de ambas manifestaciones se desprende una obsesión del gobernante porteño en recrear una iniciativa de gran porte e inversión para un sector de privilegio de la ciudad como lo es el norte, habitado por ciudadanos de alto poder adquisitivo y con una infraestructura superior al resto de la urbe.
Pero, este tipo de anuncios no estuvieron ausentes para la zona eternamente postergada. Los proyectos del Centro Cívico, el Parque Lineal del Sur y el Polo Tecnológico con eje en los barrios de Barracas, Parque Patricios y Nueva Pompeya, son una muestra elocuente de la misma incontinencia verbal.
Toda esta prospectiva sería fantástica de no ser por los antecedentes de frustraciones que han experimentado los ciudadanos de esos lares. A pesar de innumerables concursos de ideas, podemos recordar los casos de la fastuosa Ciudad Judicial proyectada para el Parque Vuelta de Obligado, las truncas remodelaciones de otros espacios verdes como el Parque de los Patricios, antigua sede del Zoológico del Sud, con las eternas e inconclusas obras del subte H de por medio, o la histórica y vergonzosamente olvidada Plaza Ameghino, frente al Hospital Francisco José Muñíz.
Tampoco vió la luz el proyecto de la Playa de Transferencia de Camiones en las inmediaciones de la Cancha de Huracán, y ni que hablar del símbolo de la inercia estatal como la ex Cárcel de Caseros, con un proceso de demolición de extensión inusitada y de incertidumbre total sobre su futuro destino, son hitos de la brecha existente entre los dichos y los hechos, típica característica de los políticos contemporáneos en la gestión a escala local.
Ya desde el siglo XVI William Shakespeare nos escribía acerca de los sueños y la realidad, del amor y de la magia. Pero sin duda la Argentina y la Ciudad de Buenos Aires en particular hubiesen constituido una inagotable fuente de inspiración para unas cuantas secuelas en tono de tragicomedia.
Llegó a la presidencia de Honduras de la mano del Partido Liberal, de neta raigambre conservadora, pero con el ejercicio de la función pública mutó a posiciones cercanas al líder venezolano Hugo Chávez. En ese tránsito de metamorfosis la propuesta de reforma de la Constitución de Manuel Zelaya, de él se trata, le valió salir expedido de su país por una conjunción de botas y traiciones.
Pero lo que pocos podían prever de antemano, fue el grado de adhesión que concitó a lo largo de todo el arco ideológico la necesidad de su reposición en el poder. Así, a las habituales y efusivas declaraciones del presidente bolivariano, le siguieron los apoyos de Barak Obama, y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, quienes en medio de sutiles autocríticas jugaron en favor del mandatario caído en desgracia.
No casualmente, y en sintonía con la administración demócrata, los organismos políticos internacionales y regionales, léase ONU y OEA; como los de crédito internacional como el Banco Mundial y el BID se manifestaron tanto a través de misiones de buenos oficios, que incluyeron apuestas arriesgadas como las llevadas a cabo por Cristina Fernández de Kirchner y Rafael Correa; como de congelamiento de operaciones de suministro de divisas hasta la normalización de la situación institucional del país.
De más está decir que los agrupamientos regionales de las características del MERCOSUR y el ALBA condenaron con mayor intensidad el quiebre institucional teniendo en cuenta los antecedentes y las trágicas consecuencias de los golpes de estado de antigua data.
Finalmente, y como corolario de una nueva etapa en ciernes, el presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, Oscar Arias, también se sumó a la cruzada por reencauzar la normalidad del país hermano a través del diálogo y la búsqueda de racionalidad.
Si bien aún es una historia de final abierto, los actores del concierto internacional marcharon casi en su totalidad en una misma dirección, y en este caso la considerada por consenso general como correcta. ¿Será una grata realidad, o una nueva fábula del pastorcito?
Uno apunta a la estructura partidaria, el otro a la central sindical. Son exponentes de la vieja política, pero están más vigentes que nunca. Néstor Kirchner y Hugo Moyano son sus objetivos a destronar, son la cara de un modelo en crisis tras la derrota electoral del 28 de junio.
Eduardo Duhalde ha amenazado varias veces con el abandono de la política activa, pero ante determinadas coyunturas reaparece a la luz pública con ímpetu y vocación de poder. Desde sus comarcas eternas, intentará reconstituir sus lazos con la dirigencia bonaerense, para desde allí quizás, dar el salto a la jefatura partidaria, que para la apreciación de muchos se encuentra vacante.
El ex presidente ha sido un protagonista clave en los últimos años de la Argentina, fue a él quien le tocó cabalgar con el caballo desbocado de la crisis de finales del 2001, y salió bastante airoso. Fue también el elector de lujo de la candidatura del peronismo en el 2003, que tras las deserciones de Carlos Reutemann y José Manuel De la Sota, recayera en Néstor Kirchner. Y parece que anhela cumplir nuevamente ese rol de cara al 2011.
Luis Barrionuevo arrastra una vieja disputa con el líder de los camioneros, y ante cada paso en falso dado por éste arremete para acelerar su irrefrenable deseo de erradicarlo de la conducción de la CGT.
Las acciones del gastronómico luego de los enfrentamientos en ocasión del traslado de los restos del General Perón a la Quinta de San Vicente, la ruptura del poder tripartito que Moyano compartía con José Luis Lingieri y Susana Rueda; y la derrota kirchnerista reciente, fueron peldaños de un carrera que tiene como máximo objetivo destronar al actual Secretario General de la principal central de trabajadores de los argentinos.
Muchas veces estuvieron juntos, y otras distanciados, pero hoy más que nunca sus intereses son funcionales para una acción de pinzas. De la habilidad del gobierno para reinventarse tras la derrota, no sólo con el recambio de figuritas en el gabinete, sino con la reformulación de políticas de gestión; y de la cintura del jefe sindical de tejer alianzas internas con algunos de los sectores convivientes, llámese gordos o independientes dependerá el éxito del dueto en cuestión.
Cuando la crisis del 2001 hacía estragos en la clase política argentina, y la fisonomía de la misteriosa Buenos Aires se componía de vallas y vidrios polarizados, hubo un dirigente que podía transitar por las calles porteñas casi sin dificultad.
Cuando la experiencia de la tormentuosa Alianza entre radicales y frepasistas tocaba fondo y salía expulsada vertiginosamente del poder, hubo un dirigente que logró ingresar al mundo K sin mayor esfuerzo.
Cuando la estrella de un Mauricio Macri comenzaba a despuntar en la ciudad, hubo un dirigente que logró aglutinar en su apoyo a figuras tan díscolas como Néstor Kirchner y Elisa Carrió y conseguía la primera reelección de un jefe de Gobierno en un distrito marcado por lealtades endebles y amores fugaces.
Cuando la peor tragedia que se haya visto en la ciudad -luego de los atentados de la AMIA y la Embajada de Israel-, asolara una navidad que difícilmente pueda olvidarse, la oposición jugó fuerte hasta lograr una inédita destitución, y muchos se frotaron las manos pensando que habría un competidor menos en la arena política local.
Con el estigma de los familiares de Cromañón a cuesta, hubo un dirigente que atravesó una campaña política que lo catapultó nuevamente a la misma Legislatura que lo había arrastrado vertiginosamente al llano político.
Cuando los primeros síntomas del ocaso kirchnerista se hicieron notar, hubo un dirigente que comenzó claramente a diferenciarse, con la intención de volver a representar al etéreo progresismo porteño, obviamente desde un armado que lo tuviera como frutilla del postre.
Pero, había un ilusionista que hacía las maravillas de la platea con un innato talento para las empresas más arriesgadas que, aún así, conocía los límites de la capacidad y finitud humana y solía atajarse ante eventuales dificultades con una famosa frase que ese dirigente tendría que haber hecho propia: puede fallar, puede fallar.
Ese dirigente, tuvo que discar el celular de un exultante Pino Solanas el 28 de junio a la noche para felicitarlo por su performance.
Ese dirigente fue Aníbal Ibarra, ese dirigente fue.
Pasado el turno electoral del 28 de junio los dos tradicionales partidos políticos de la Argentina, parecen aseverar aquella consigna que titulaba una nostálgica serie de los años '70: tres son mulltitud
El justicialismo y sectores afines afrontaron la elección del pasado domingo con una triade de aspirantes a la candidatura presidencial para el 2011, y por los resultados de las urnas, si bien en la política vernácula nada es imposible, uno parece haber quedado seriamente afectado en sus aspiraciones: Daniel Scioli. Será la oportunidad para ver si una vez más el ex motonauta se reconvierte desde la adversidad.
Pese a haber sido uno de los principales colectores de votos en la trascendente provincia de Buenos Aires, los triunfos de Mauricio Macri en Capital -y su aliado Francisco De Narváez en la provincia-, así como Carlos Reutemann en Santa Fe, lo dejan un escalón abajo en la carrera con bandera a cuadros en la Rosada.
Habrá que ver también quien tiene mayor cintura política de los vencedores para moverse en las arenas del PJ Nacional para calzarse el traje de candidato presidencial. El ex corredor de F1, tiene más labor hecha dentro de las huestes del partido creado por el General Perón, y quizás muchos de los referentes provinciales imiten los ya anunciados apoyos del cordobés Juan Schiaretti y el entrerriano Jorge Busti.
La tríade restante, parece haberse reducido aún más que la peronista. El tercer puesto del Acuerdo Cívico y Social de Elisa Carrió en la ciudad de Buenos Aires y la derrota del candidato del socialista Hermes Binner en Santa Fe, tornan más visible la victoria de la lista avalada por Julio César Cobos en la provincia de Mendoza y se erige quizás como el potencial candidato del espacio para dentro de dos años.
Finalmente, otra tríade puede nacer de los guarismos recientes, en este caso con marcado tinte progresista, con base en los votos alcanzados por Pino Solanas en Capital, Luis Juez en Córdoba, y los promisorios números obtenidos por Martín Sabatella en la primer provincia argentina. Si este embrionario conglomerado de fuerzas se consolida desde el Parlamento, grande puede ser la encrucijada del socialismo, que puede llevarlo hasta replantear su actual marco de acuerdos con la UCR y la Coalición Cívica.
De todas formas, faltan atravesar dos años -si el kirchnerismo no intenta ninguna maniobra anticipatoria de recambio de poder-, tiempo suficientemente extenso como para que la sociedad sea testigo de infinitas alquimias políticas hasta una nueva instancia electoral.
En los últimos años prácticamente se le había dado el certificado de defunción al bipartidismo en la Argentina. Con el triunfo de la Alianza, parecía que las estructuras partidarias de los sucesores de Leandro N. Alem y Juan Domingo Perón llegaban a su fin.
Pero el estrepitoso fracaso del gobierno de Fernando De la Rua y Chacho Alvarez posibilitó el resurgimiento del Peronismo y el hundimiento del Radicalismo a niveles subterráneos.
La versión justicialista para el retorno del gigante dormido, fue la heterogénea propuesta encarnada por Néstor Kirchner, que fue acrecentando su poder ante la permanente caída del eterno adversario de las boinas blancas.
Paradójicamente tras la reelección del modelo en las urnas, el enfrentamiento con el campo significó el comienzo del fin para la propuesta que abandonaba el transversalismo para recostarse sobre la vieja estructura del PJ, tantas veces denostada por el matrimonio en el poder.
Con el deceso del último caudillo radical, Raúl Alfonsín, el radicalismo pareció renacer de las cenizas, invadiendo las calles de la ciudad en su despedida terrenal. En tanto el peronismo, fiel a su naturaleza, empezó a pergreñar alternativas surgidas de su propio seno, ante el aparente ocaso del kirchnerismo.
En este contexto, llega el 28 de junio, batalla previa y trascendente para el recambio del 2011. Y extrañamente, dos bloques se perfilan bajo la órbita de los vapuleados partidos políticos tradicionales que como suerte de highlanders vernáculos se preparan para la nueva competición.
En las comarcas de los herederos de Perón y Evita, tres son las figuras que emergen como presidenciables, y llamativamente ninguna de ellas es considerada químicamente pura para los propios.
Carlos Reutemann y Daniel Scioli, ídolos deportivos transformados en políticos por el entonces líder carismático de los 90, Carlos Menem, ponderados luego por el bonaerense Eduardo Duhalde y permanentemente seducidos por Néstor Kirchner desde su acceso al poder, intentan un delicado equilibrio entre la diferenciación con el gobierno y actitudes que puedan categorizarse como desestabilizadoras.
Mientras que el otro candidato posible, Mauricio Macri tampoco considerado hijo dilecto, sino aliado, y representante de sectores identificados con el centro-derecha, tiene la disyuntiva de sumarse a una escudería a la que siempre esquivó o postergar sus aspiraciones temporales y apostar a una reelección en un distrito en el cual todavía mantiene las mieles con un electorado habitualmente esquivo y cambiante.
Ante este ramillete de posibilidades hay quienes añoran la reedición de una nueva interna partidaria para dirimir la máxima candidatura, que no volvió desde el lejano 1988.
En la vereda opuesta, el panorama no es más sencillo. Conviven en él, la nueva expresión de la esperanza radical, el controvertido Julio Cleto Cobos, de pasos impredecibles para propios y ajenos, que en plena campaña electoral no tuvo empachos en reunirse con amplia repercusión mediática con Francisco de Narváez y apoyarlo ante la arremetida judicial de Faggionato Márquez.
En el mismo espacio, el socialista Hermes Binner abandonó su bucólica moderación y mesura para desatar una agresiva arremetida contra su rival local y nacional, Reutemann, a través de distintas acciones entre las que se destacó una cadena de mail donde alojó supuestas irregularidades durante la gestión del ex piloto de fórmula uno.
Y finalmente, la eterna candidata Elisa Carrió, artífice del acuerdo con los seguidores de Alfredo Palacios, y de la reconciliación con su antigua morada de la UCR, deberá quizás medir sus fuerzas en una eventual interna abierta como la utilizada en su momento por la Alianza entre el radicalismo y el Frente Grande.
Pero sea como fuere la resolución de los ocupantes de las fórmulas para el 2011, más allá de las presunciones de analistas, librepensadores y teóricos políticos, nuevamente se medirán en la arena mayor los dos exponentes de los avances o retrocesos en la agitada realidad nacional. Y esto ocurre por el buen saber y entender, de quien es en definitiva el protagonista de su propia suerte: el pueblo.